El libro de los amores ridículos (Milan Kundera, 1970) {2. La dorada manzana del eterno deseo}

 "Amamos nuestro deseo y no aquello que deseamos"

Friedrich Nietzsche


      "La mitad de la vida es deseo, y la otra mitad insatisfacción" 

Carlo Dossi



Continuación del post anterior (ver post anterior aquí).

Segundo relato: "La dorada manzana del eterno deseo"

En este relato Kundera nos narra la curiosa manera que tiene el personaje de Martín para tratar a las mujeres. 
Él es un mujeriego que ve en cada mujer la oportunidad para conocerla, registrar su nombre, el lugar donde la puede volver a encontrar y recordar su rostro y figura para tenerla presente en una futura cita.

“Martín sabe hacer lo que yo no sé. Detener a cualquier mujer en cualquier calle.” (Kundera)

Pero este hecho, la osadía de llamar la atención de cualquier mujer era su fin en sí mismo.

“El error de Martín consistía en que la denominada detención de la mujer se convertiría a veces para él en un virtuosismo, en un fin en sí mismo, con el que frecuentemente todo terminaba. Por eso solía decir, no sin cierta amargura, que parecería un delantero que le pasa generosamente balones seguros a su compañero de juego, para que éste meta luego goles fáciles y recoja una gloria fácil. (Kundera).

La historia narra la aventura de Martín y su amigo (el narrador) que tuvieron sábado con el plan de ligar (entablar relaciones amorosas o sexuales pasajeras. Acepción 16 del verbo ligar según el Diccionario de la Lengua Española) una joven enfermera que acababan de conocer en una cafetería unos días antes. Asimismo, conocen a varias chicas más e intentan llevar el plan de seducción que domina Martín.

Martín está casado. 
“tiene una mujer muy joven; y lo que es peor: está enamorado de ella; y lo que es aún peor: le tiene miedo; y lo que es aún muchísimo peor: tiene miedo de perderla (Kundera).

El narrador nos hace una reflexión entre él y Martín en lo que respecta a su forma de vivir ese juego poligámico:

“A veces tengo la sensación de que mi vida poligámica no procede más que de la imitación de otros hombres; no niego que en esa imitación he hallado placer. Pero no puedo evitar la sensación de que en ese placer sigue habiendo algo completamente libre, lúdico y revocable, algo como lo que caracteriza por ejemplo las visitas a las galerías de arte o a los paisajes desconocidos y que no está en modo alguno sometido al imperativo incondicional que intuía en la vida erótica de Martín”. (Kundera)

En el relato también se advierte una pequeña reflexión sobre la amistad entre algunas mujeres:

“-Esto responde a una especie de curioso principio -le dije a Martín-, la mujer fea espera lograr algo del esplendor de su amiga más guapa; la amiga guapa, a su vez, espera reflejarse con mayor esplendor si la fea le sirve de telón de fondo; de ahí se desprende que nuestra amistad se vea sometida a continuas pruebas.” (Kundera)

Finalmente en el relato también se hace una reflexión sobre la fe:

“El exceso de fe es el peor aliado… Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan solo los objetivos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores”. (Kundera)

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