Es un libro que da mucha consolación ante la desolación del dolor que padecen los niños en todas sus formas. El P. Carlo Gnocchi lo escribió pensando en los niños que padecieron la guerra en los alpes italianos, llamándolos "los mutiladitos", pero se puede aplicar a todo dolor del niño.
El P. Carlo Gnocchi señala que «La pedagogía cristiana del dolor tiende ante todo a enseñar prácticamente a los niños que no hay que guardar el dolor para uno mismo, sino que es necesario regalarlo a los demás, y que el dolor tiene una gran poder sobre el corazón de Dios, del cual es necesario aprovecharse para provecho de muchos (y esto atendiendo a los prinicipios anteriormente señalados, según los cuales el dolor no ha sido dado al niño como consecuencia de sus responsabilidades personales y que su valor impetratrorio es sumamente grande a los ojos de Dios).»
«Se trata, por tanto, de una obra de estimación y de despersonalización del dolor*, a la que no es dificil llegar si se habitúa al niño a dirigir su pena o su renuncia hacia objetivos concretos, como son los que se ofrecen cada día a su sesnsibilidad (por la curaación de una persona querida, por los misioneros que están en tierras lejanas, por la conversión de su papá, por un compañero pobre, para obtener una gracia importante, para que termine una guerra, por el Papa, por un condenado, por un asesino del que habla en los periódicos, etc.)»
«El secreto está en que se trate de motivos vivos y reales, concretos y de interés inmediato para un niño».
* Nota del editor: El sentido que el autor quiere dar al término "despersonalización" es el de "quitarle el carácter personal", o sea, hacer comprender al niño (y al inocente en general) que su dolor no tiene relación única con sus pecados personales sino que cumple una función "vicaria": cargar con los pecados de otros y purificarlos con sus sufrimientos, como Cristo mismo hizo por todos nosotros.
«El motivo más alto y más noble, la meta más sublime y sublimadora a la que hay que conducir el dolor del niño, como todo otro dolor, es ciertamente Jesucristo crucificado».
«Cuando un niño haya llegado a comprender la semejanza que existe entre su dolor y el de Cristo, la belleza que él puede darle a todo su sufrimiento, tanto para sí mismo como para los demás, al insertarlo en el dolor de Cristo, y el deber que él tiene de imitar el comportamiento y los sentimientos de Jesús en los momentos del dolor, habrá tocado el centro más profundo y más inexplorado, el más original y operante de todo el cristianismo, el "punto virginal" - en expresión de Gratry- de la doctrina de Cristo».
El autor también señala que «la batalla contra el dolor, sobre todo en los niños, es un complemento de la generación humana y una reparación a las fallas que a ella aporta la culpa original y por la consecuente incapacidad vital humana. Me explico, por la ley de Adán, cada hombre engendra, pone involuntaria y dolorosamente en las carnes de sus propios hijos la fuente amarga del sufrimiento, de la pena y del dolor. Por lo tanto, al combatir y vencer en ellos el dolor, restituyéndoles el gozo de la niñez y una mayor capacidad de vida comprometida por las limitaciones de la enfermedad, de la invalidez y del sufrimiento, producto de la culpa original y algunas veces también por la culpa personales de los padres, nosotros reparamos las deficiencias de la primera generación y fatigosamente reconstruimos su plenitud».
«La lucha contra el dolor no es sin embargo solamente un complemento de la generación humana sino también un complemento de la redención cristiana».

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