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domingo, 28 de junio de 2026

303. ¿Dios existe? Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) y Paolo Flores d'Arcais (2008) (relectura)

 


El libro fundamentalmente recoge el debate del año 2000 que da título al libro entre el P. Joseph Ratzinger, en ese entonces cardenal y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (actualmente Dicasterio para la Doctrina de la Fe) y Paolo Flores d'Arcais, filósofo y ateo.

El texto del debate está precedido por un artículo breve de Benedicto XVI sobre «La pretensión de la verdad puesta en duda» y seguido de un artículo extenso de Paolo Flores titulado «Ateísmo y verdad».

Como lector católico, recomiendo leer tanto el artículo de Benedicto XVI como su participación en el debate por cuanto arroja mucha luz para la comprensión entre la relación de fe y razón. 

Asimismo, no recomiendo la lectura del artículo del ateo Paolo Flores, por cuanto, sus argumentos están fuera de la fe católica y, a mi parecer, llena de errores.

Resaltaré algunos pasajes de los aportes de Benedicto XVI. Él señala que «el cristianismo se entendió como un triunfo de la desmitologización, como un triunfo del conocimiento, y con ello, de la verdad». Asimismo, añade que «la convicción de que el cristianismo era filosofía, la filosofía perfecta, es decir, la filosofía que llega hasta la verdad, se mantuvo vigente más allá de los tiempos de los Padres...Ciertamente, la filosofía no se entendía entonces como una disciplina académica puramente teórica, sino también, y ante todo, desde una perspectiva práctica, como el arte de vivir y morir rectamente al que solo se puede llegar a la luz de la verdad». Además, sostiene que «La unión de racionalismo y fe que se produjo en el desarrollo de la misión cristiana y en la construcción de la teología cristiana introdujo también cambios decisivos en la imagen filosófica de Dios, entre los que cabe destacar dos en particular. El primero consiste en que el Dios en el que creen los cristianos y al que veneran es, a diferencia de los dioses míticos y políticos, verdaderamente natura Deus; en esto coincide con el racionalismo filosófico. Pero a la vez también resulta válido otro aspecto: non lamen omnis natura est Deus, «no todo lo que es naturaleza es Dios». Dios es Dios por su naturaleza, pero la naturaleza como tal no es Dios. Existe una separación entre la naturaleza universal y el ser que la fundamenta, que le da origen. Entonces se separan claramente física y metafísica. Solo se venera al Dios verdadero, al que podemos reconocer en la naturaleza a través del pensamiento. Pero Él es más que naturaleza.»

Benedicto XVI sintetiza «Simplificando, podríamos decir que el cristianismo convenció por la unión de la fe con la razón y por la orientación de la actuación hacia la caritas a la ayuda con amor a los que sufren, a los pobres y a los débiles, por encima de todo límite de condición. La fuerza que llevó al cristianismo a convertirse en religión universal radicaba en su síntesis de razón, fe y vida; precisamente esta síntesis queda concretada en la expresión de religio vera.»

En relación al debate, cito algunas frases de Benedicto XVI:

«Lo que caracteriza al cristianismo es que Pablo repite constantemente: no es simplemente la fe en un Dios único, es la fe en Jesucristo muerto y «resucitado»».

«La primera cuestión es que san Pablo está convencido de que la fe cristiana apela a la razón, pero también está convencido de que va más allá de las cosas evidentes para la razón porque, así entiendo yo a san Pablo, está en juego el amor, el amor que no es antirracional, sino que excede de mucho a la razón. 

Ese es el Dios que es logos, como dice después san Juan, que es la razón creadora, que es palabra -porque logos no es simplemente razón, sino que es una razón que ya habla, es decir, un relacionarse, un acercarse, y en ello tenemos ya una renovación del concepto de razón que va más allá de la pura matemática, de la pura geometría del ser -y que no obstante es logos, y también hablando y también yendo más allá de esa pura matemática, sigue siendo logos a pesar de todo, es decir, razonable ... pero lo que aquí se anuncia es el hecho de que este logos es amor -se aproxima- y ese amor efectivamente realiza cosas locas. Porque parece absurdo que un Dios, desde su condición de eterna felicidad, se ponga en juego por esa diminuta criatura que es el hombre, se ponga en juego en este mundo hasta la muerte. Eso en realidad contrasta con el concepto puramente filosófico de Dios, y Pablo es bien consciente de ese contraste, pero nos da a entender que, en resumidas cuentas, la libertad y la grandeza más elevada de la razón es ser también amor, y por tanto sobrepasar el límite que nuestra especulación filosófica podría determinar para esa divinidad. Y una cosa más: me parece muy significativo que los primeros dos, tres, cuatro siglos del cristianismo, en la búsqueda de una conexión con la cultura circunstante, nunca se conectaron con las religiones, no se veían en relación con aquellas religiones, sino que decían: nuestra religión es la continuación y la culminación de las filosofías de la época -y también una superación de las filosofías-. Ven en la filosofía la pre-presencia de Cristo, del logos en el mundo. 

Y así la autodefinición de esas primeras generaciones fue precisamente esa: no somos una religión como tantas, tenemos los mismos derechos que las demás religiones, pero nosotros somos la continuación del pensamiento humano que ha criticado las religiones, del pensamiento que ya había encontrado una pista de Dios, pero que únicamente con sus fuerzas no podía identificarlo realmente. Y la novedad del cristianismo, según estos padres, es que ese mismo Dios oculto, presentido, después se manifiesta, y naturalmente sobrepasa radicalmente todo lo que se podía «saber», y a pesar de ello se demuestra en unidad con esa búsqueda humana.»

En el 2022 escribí las primeras notas de este libro, se puede ver en este enlace: https://epsilon-literario.blogspot.com/2022/12/dios-existe-joseph-ratzinger-y-paolo.html. 

viernes, 29 de noviembre de 2024

288. Carta encíclica Spe Salvi. Sobre la esperanza cristiana. (Benedicto XVI, 2007)

Spe Salvi, son las primeras palabras de: 
" « SPE SALVI facti sumus » – en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata? " (1)

Benedicto XVI nos recuerda que somos los cristianos quienes tenemos la verdadera esperanza, la fe en la vida futura, en la Vida Eterna. Esa esperanza nos soporta en nuestras vidas como fuertes cimientos, como una gran roca que es Jesús mismo. En la encíclica, que hace referencia a varios pasajes de la Palabra de Dios e interpretaciones, Benedicto XVI nos alienta a fortalecer nuestra fe en Jesucristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Solo a través de Él podemos llegar al Padre, al cielo y poder estar en comunión con Dios plenamente en la Vida Futura. 

Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cf. Ef 3,16; 2 Co 4,16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo (22).
Ciertamente, la razón es el gran don de Dios al hombre, y la victoria de la razón sobre la irracionalidad es también un objetivo de la fe cristiana.
Pero ¿cuándo domina realmente la razón? ¿Acaso cuando se ha apartado de Dios? ¿Cuando se ha hecho ciega para Dios? La razón del poder y del hacer ¿es ya toda la razón? Si el progreso, para ser progreso, necesita el crecimiento moral de la humanidad, entonces la razón del poder y del hacer debe ser integrada con la misma urgencia mediante la apertura de la razón a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Sólo de este modo se convierte en una razón realmente humana. Sólo se vuelve humana si es capaz de indicar el camino a la voluntad, y esto sólo lo puede hacer si mira más allá de sí misma. En caso contrario, la situación del hombre, en el desequilibrio entre la capacidad material, por un lado, y la falta de juicio del corazón, por otro, se convierte en una amenaza para sí mismo y para la creación. Por eso, hablando de libertad, se ha de recordar que la libertad humana requiere que concurran varias libertades. Sin embargo, esto no se puede lograr si no está determinado por un común e intrínseco criterio de medida, que es fundamento y meta de nuestra libertad. Digámoslo ahora de manera muy sencilla: el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. Visto el desarrollo de la edad moderna, la afirmación de san Pablo citada al principio (Ef 2,12) se demuestra muy realista y simplemente verdadera. Por tanto, no cabe duda de que un « reino de Dios » instaurado sin Dios –un reino, pues, sólo del hombre– desemboca inevitablemente en « el final perverso » de todas las cosas descrito por Kant: lo hemos visto y lo seguimos viendo siempre una y otra vez (23).

Preguntémonos ahora de nuevo: ¿qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar? Ante todo hemos de constatar que un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. Aquí, en el conocimiento progresivo de las estructuras de la materia, y en relación con los inventos cada día más avanzados, hay claramente una continuidad del progreso hacia un dominio cada vez mayor de la naturaleza. En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres.

La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como lo están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella (24).

Pero no debemos olvidarnos del prójimo, a quien debemos tomarle de la mano para ir juntos hacia ese encuentro celestial.

Pero ahora surge la pregunta: de este modo, ¿no hemos recaído quizás en el individualismo de la salvación? ¿En la esperanza sólo para mí que además, precisamente por eso, no es una esperanza verdadera porque olvida y descuida a los demás? No. La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cf. 1 Tm 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser « para todos », hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. Quisiera citar en este contexto al gran doctor griego de la Iglesia, san Máximo el Confesor († 662), el cual exhorta primero a no anteponer nada al conocimiento y al amor de Dios, pero pasa enseguida a aplicaciones muy prácticas: « Quien ama a Dios no puede guardar para sí el dinero, sino que lo reparte ‘‘según Dios'' [...], a imitación de Dios, sin discriminación alguna ». Del amor a Dios se deriva la participación en la justicia y en la bondad de Dios hacia los otros; amar a Dios requiere la libertad interior respecto a todo lo que se posee y todas las cosas materiales: el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro. En la vida de san Agustín podemos observar de modo conmovedor la misma relación entre amor de Dios y responsabilidad para con los hombres. Tras su conversión a la fe cristiana quiso, junto con algunos amigos de ideas afines, llevar una vida que estuviera dedicada totalmente a la palabra de Dios y a las cosas eternas. Quiso realizar con valores cristianos el ideal de la vida contemplativa descrito en la gran filosofía griega, eligiendo de este modo « la mejor parte » (Lc 10,42). Pero las cosas fueron de otra manera. Mientras participaba en la Misa dominical, en la ciudad portuaria de Hipona, fue llamado aparte por el Obispo, fuera de la muchedumbre, y obligado a dejarse ordenar para ejercer el ministerio sacerdotal en aquella ciudad. Fijándose retrospectivamente en aquel momento, escribe en sus Confesiones: « Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad. Mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: "Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para él que murió por ellos" (cf. 2 Co 5,15) ». Cristo murió por todos. Vivir para Él significa dejarse moldear en su « ser-para » (28).

Recordemos entonces que esa esperanza en la vida eterna, promesa de Cristo, que ya está como germen en nuestro interior, debe mantenernos firmes en nuestro caminar con Jesús, cargando nuestra cruz y, nosotros, como Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, completemos en nuestra carne los sufrimientos que nos acerquen más a Cristo (1Col 24) para permanecer en Cristo, que es Cabeza de la Iglesia y que, estando a la derecha de Dios Padre, intercede ante Él por nosotros en todo momento.

Benedicto XVI, en las páginas finales, invoca una oración a nuestra madre María, Mater Dei, estrella del mar,  para que con su luz guíe nuestra barca en medio de este mar, al encuentro con Dios. 

 Stella Maris, ora pro nobis 

sábado, 9 de marzo de 2024

La muerte de Cristo. Meditaciones sobre la Semana Santa (Joseph Ratzinger: Benedicto XVI)

 


Pasajes seleccionados del libro:


DE DÓNDE NACEN  MIS MEDITACIONES  SOBRE LA SEMANA SANTA

Me interrogaba sobre mi ser cristiano, sobre cuáles eran el  fundamento y el itinerario.

No es excepcional que un hombre aparentemente derrotado, muerto en el abandono  y el sufrimiento más extremos, sea presentado  como el redentor de todos los hombres? ¿Qué  tiene que ver el dolor con la salvación, el sufrimiento con la felicidad? Me resultó inmediatamente claro que la cuestión de la relación entre  amor y dolor coincidía con la cuestión esencial  de la cruz y con la posterior cuestión, ligada a  ésta, de cómo la existencia de otro, su pasión  y su victoria, pueden determinar mi vida en lo  más profundo y cambiarla. Pero aquí se trata de  hablar sobre todo de las meditaciones sobre el  Sábado Santo.

El hecho  de nacer el Sábado Santo me había donado el  privilegio de un bautismo ligado de un modo  absolutamente evidente a la Pascua cristiana,  de tal manera que la raíz íntima y el significado esencial del bautismo emergían con especial  claridad. El mensaje del día en que vine al mundo tenía un vínculo particular con la liturgia de  la Iglesia; y mi vida se había orientado desde el  principio hacia este singular entretejido de oscuridad y de luz, de dolor y de esperanza, de  ocultación y de presencia de Dios.

hasta comienzos de los años  cincuenta, cuando Pío XII emprendió la reforma de la Semana Santa, la figura litúrgica del  Sábado Santo presentaba un doble aspecto. Las  vidrieras de la iglesia se cubrían como signo de  luto, pero ya por la mañana se celebraba la liturgia que culminaba en la representación simbólica de la resurrección con la elevación del cirio  pascual y con el canto del himno a la luz. Supe  muy pronto que en origen esta liturgia se celebraba en el alba del día de pascua, pero que  posteriormente el comienzo se había adelantado a la noche del Sábado Santo a causa de los numerosos catecúmenos que durante esta celebración recibían el bautismo, el sacramento de  la muerte y resurrección: si la elevación del cirio  es un drama simbólico en el que el signo de la  nueva luz representa la victoria sobre la muerte,  el bautismo de muchas personas, con respecto  al símbolo de la luz, se entendía como presencia  real del misterio pascual. Quien lo recibía pasaba él mismo a través de la muerte y de la resurrección; desde aquel momento estaba unido  con toda su vida al Resucitado, siendo así sustraído anticipadamente a la muerte por el hecho  de mantenerse junto al Resucitado, que lo habría conducido a través de la noche de la muerte. En este drama litúrgico, junto al simbolismo  de la luz, encontraba un espacio la simbología  del agua, con un doble significado: el agua como  amenaza a la vida, como potencia destructora,  como elemento de muerte; y el agua como fuente de vida, condición para toda vida.

El misterio de Cristo muerto por nosotros, que  como muerto yacía en el sepulcro, caracterizaba  la piedad popular de este día. La contradicción  que tenía lugar entre liturgia y piedad popular  no me parecía, sin embargo, del todo exenta  de sentido; en ella se me manifestaba algo de  ese claroscuro que constituye el ser cristiano y  algo de esa íntima tensión que forma parte de  la existencia cristiana: hay siempre nuevas anticipaciones de la esperanza —relámpagos en los  que parece irrumpir repentinamente la victoria  de Dios—, pero también nuevos momentos de  oscuridad en los que todo es revocado y en los  que somos inevitablemente confrontados con la  ausencia de Dios.

La reforma de Pío XII eliminó esa extraña  —si bien de algún modo expresiva— anomalía  litúrgica. El Sábado Santo es hoy desde el principio hasta el final el día del gran silencio, como  se lee en la homilía que la tradición atribuye a  Epifanio: «¿Qué es esto? Hoy un gran silencio  reina sobre la tierra; gran silencio y soledad; un  gran silencio, porque el rey está durmiendo. La  tierra estaba atemorizada y como en suspenso,  porque el Dios encarnado se había dormido...»

Ahora reina por todas partes la  oscuridad llena de misterio de una iglesia cuyas  vidrieras cubiertas dejan entrar de mala gana la  luz, a la que acompaña la imagen de Jesús muerto en el Santo Sepulcro y la oración silenciosa  ante el Santísimo.


Pintura "El cuerpo de Cristo muerto en la tumba" (Hans Holbien el Joven)

Muchos, frente a la imagen  del Cristo que yace en el sepulcro, se habrán  visto sorprendidos por sentimientos nada diferentes de los experimentados por Dostoievski  cuando, en 1867, quedó profundamente conmovido en el Museo de Basilea por el cuadro de  Hans Holbein que representa a Cristo muerto,  «el cual ha soportado tormentos inhumanos, ha  sido ya bajado de la cruz y ahora está expuesto  a la corrupción». La experiencia de Dostoievski frente a esta imagen —tomada sin duda de la  tradición de los sepulcros del Sábado Santo—  ha sido situada en el contexto del siglo XIX por  Henri de Lubac, que la puso en relación, de manera muy eficaz, con la filosofía nietzscheana  de la muerte de Dios.

Es un aspecto del Sábado  Santo que, naturalmente, para el fiel no podía  quedar aislado: él, por encima de la imagen, veía  la sagrada Realidad de Cristo resucitado y presente, más allá de la muerte, en la hostia; y, aun  sabiendo que esta muerte nos espera siempre,  era también consciente de que a través de ella ya  se transparenta el misterio de la vida, la victoria sobre la corrupción y la eterna gloria del Cuerpo de Cristo.

En el  Símbolo apostólico, al Sábado Santo le corresponde la frase (Christus) «descendit ad inferos»  que, en la traducción alemana, entonces sonaba  así: «descendió al infierno» («Hölle»). La nueva  traducción de los años setenta ha mitigado esta  afirmación tan rica de misterio con la fórmula  «descendido al reino de la muerte»

Cristo mismo habría estado en los infiernos, en el sentido más profundo del término, y sólo en este último estadio de su descenso la redención habría llegado hasta el abismo más profundo, hasta el propio infierno.

Así, en realidad, el término indicaría simplemente que Jesús ha muerto.

no se había pensado sobre ella hasta el fondo. En efecto, ¿qué  significa que alguien «ha muerto»? ¿Qué es la  muerte? Para quien mira desde fuera, ¿qué es  una persona que está muerta? ¿En qué consiste  el «reino de la muerte», si se puede excluir la  idea banal de que sea simplemente la nada? Así,  detrás de la aparente solución, vuelven a aflorar  de nuevo todas las preguntas que los teólogos  han discutido durante siglos.

síntesis de las  aporías: sí, Jesús ha muerto, ha «descendido» a  la profundidad misteriosa a la que la muerte nos conduce. Ha marchado hacia la soledad más  extrema, donde nadie nos puede acompañar.  En efecto, «estar muerto» comporta ante todo  la pérdida de la comunicación, una soledad en la  que el amor ya no puede avanzar. En ese sentido, Cristo fue «al infierno», cuya esencia es  justamente la privación del amor, la separación  de Dios y de los hombres. Pero allí donde llega Él, el «infierno» deja de ser infierno, puesto  que él mismo es la vida y el amor, puesto que él  es el puente que une al hombre y a Dios y, por  eso mismo, también a los hombres entre ellos.  Así, el descenso es al mismo tiempo también  transformación: ya no existe la última soledad  —o como mucho puede existir para aquel que  la quiere expresamente, que desde lo más íntimo y desde aquello que lo constituye rechaza  el amor porque quiere ser solamente él mismo,  desde él mismo y por él mismo—. No pretendo  desarrollar más adelante, en estas páginas, tales  reflexiones. Sólo quiero indicar las cuestiones  que me apremiaban mientras escribía mis meditaciones sobre la Semana Santa.

gran crisis de la conciencia cristiana que, con los  acontecimientos de 1968, se hicieron también  visibles y tangibles al exterior.

las ventanas tapadas con trapos negros se convirtieron en el símbolo de la situación de nuestro mundo: hay ventanas, es cierto, pero están  cubiertas, no penetra por ellas la luz de fuera y  de lo alto, Dios se esconde.

Precisamente porque me sabía partícipe de las miserias de nuestra generación, me sentía llamado a dar voz a  la esperanza, la cual, en verdad, en la hora del  silencio y de la oscuridad está particularmente  cercana.

VIERNES SANTO

I

«Mirarán al que traspasaron». Con estas  palabras concluye el evangelista Juan su relato  de la pasión de Jesús; 

con estas palabras introduce la visión de Cristo en el último libro del  Nuevo Testamento, que nosotros llamamos  Apocalipsis.

«Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo». «Mirarán al que  traspasaron».

Oh Señor, concédenos en esta hora poder  mirarte, en la hora de tu oscuridad y de tu rebajamiento a la obra de un mundo que quiere  olvidar la Cruz como se hace con un incidente  desagradable, que se oculta a tu mirada, considerándola una inútil pérdida de tiempo y no se  da cuenta de que es precisamente aquí donde  nos sale al encuentro tu hora decisiva, en la cual  nadie podrá sustraerse a tu mirada.

Sobre el hecho de la lanzada al crucificado,  Juan habla con una solemnidad extrañamente  pormenorizada, que al mismo tiempo deja reconocer el peso que el evangelista atribuye a este  acontecimiento. En la narración, que concluye  con una fórmula de testimonio casi de conjuro,  se insertan dos textos del Antiguo Testamento,  mediante los cuales llega a resultar al mismo  tiempo evidente el significado de este acontecimiento.

«No le quebrarán ningún hueso», dice Juan  apelando a un texto del ritual pascual judío que  contiene una prescripción sobre el cordero pascual. Nos hace comprender así que Jesús,  cuyo costado era traspasado en el mismo momento en que en el templo se producía el degüello del cordero pascual, es el verdadero cordero  sin defecto en el cual se cumple definitivamente  el significado de todo culto y de todo ritual, más  aún, en el único en el que se pone de manifiesto  qué significa el culto en verdad.

Todo culto precristiano se basa, en última  instancia, en la idea de la sustitución: el hombre  es consciente de que fundamentalmente debe  darse a sí mismo si quiere honrar a Dios de manera adecuada, pero experimenta al mismo tiempo la imposibilidad de darse, y aparece, por tanto,  la sustitución: hecatombes de holocaustos arden  sobre los altares de los antiguos, se desarrolla un  potente sistema ritual, pero pesa sobre todo ello  el drama de una inutilidad impresionante, ya  que no existe nada con lo que el hombre pueda  sustituirse a sí mismo: cualquier cosa que pueda ofrecer resulta siempre demasiado poco.

Mientras  en el templo se desangraban los corderos pascuales, fuera de la ciudad muere un hombre, el  Hijo de Dios, muerto por aquellos mismos que  creen honrar a Dios en el templo. Dios muere  como hombre, se da todo él a los hombres que  no están en disposición de darse a él y pone, por  tanto, en el lugar de la inútil sustitución cultual  la realidad de su amor omnisuficiente.

La carta a los hebreos desarrolló con posterioridad la pequeña alusión del evangelio de Juan  al interpretar la liturgia judía del día de la reconciliación como el preludio figurado de la liturgia  real de la vida y de la muerte de Cristo Jesús. Lo  que a los ojos del mundo aparecía como un hecho absolutamente profano, como la ejecución  de un hombre condenado a muerte por agitador  político, era en realidad la única liturgia verdadera de la historia del mundo, liturgia cósmica  a través de la cual Jesús, no ya en la esfera delimitada y cultual del templo, sino fuera, ante  todo el mundo, penetró a través de las paredes  de la muerte en el templo verdadero: a la presencia del Padre. Y él no llevó sangre de animales como sustituto, sino a sí mismo, conforme al  amor auténtico que no puede donarse más que  a sí mismo. La realidad del amor que se da a sí mismo ha eliminado el juego de la sustitución,  que queda ya para siempre fuera de lugar. El  velo del templo se ha rasgado, ya no hay culto  excepto en la participación del amor de Jesucristo que constituye el día perpetuo de la reconciliación cósmica. Y, no obstante, la idea de la sustitución ha recibido en Cristo un sentido nuevo e  inaudito. Dios mismo se ha puesto en Jesucristo  en nuestro lugar y todos nosotros vivimos sólo  a partir del misterio de esta sustitución.

El segundo texto del Antiguo Testamento incluido en la narración de la lanzada hace todavía  más evidente cuanto hemos dicho, aun cuando  permanezcan oscuros los detalles. Juan dice que  un soldado abrió el costado de Jesús con la lanza. Emplea la misma palabra que se utiliza en el  Antiguo Testamento para describir la creación  de Eva del costado de Adán dormido. Cualquiera que sea el significado de esta alusión vista  más de cerca, es suficientemente claro que en la  relación recíproca entre Cristo y la humanidad  creyente se repite el misterio de la creación, en  el cual se da la procedencia de la mujer a partir  del hombre y la donación recíproca de ambos.  La Iglesia nace del costado abierto de Cristo  moribundo o, si queremos expresarlo con términos distintos y menos metafóricos, ha sido la  propia muerte del Señor, la radicalidad del amor que llega a la autodonación, la que ha causado  esta fecundidad. Precisamente porque él no se  encerró en el egoísmo de quien vive sólo para sí  mismo y pone su propia autoconservación por  encima de todo, sino que se dejó abrir para salir  de sí mismo y existir para los demás, él alcanza  ya todos los tiempos, más allá de sí mismo.

El costado abierto es el símbolo de una nueva imagen del hombre, de un nuevo Adán; es  la contraseña de Cristo como el hombre que  existe-para-los-demás.

La fe dice de Jesucristo que él es una sola persona en dos naturalezas; en el texto griego original se dice de manera más exacta y apropiada que él es una sola  «hipóstasis», un único ser autónomo.

Jesús es  el hombre verdadero, a partir del cual se mide a  todo hombre, hacia el que debe ir todo ser humano para llegar a su propia autenticidad.

es hombre perfecto precisamente en cuanto que  en esto no es «hipóstasis», ser-que-subsiste-ensí-mismo.

Jesús no es, por así decir,  otra cosa que el movimiento desde sí mismo hacia el Padre y hacia los hombres. Y justamente  por esto, porque en él se ha roto radicalmente el  anillo de la rotación en torno a sí mismo, él es  al mismo tiempo hijo de Dios e hijo del hombre. Justamente porque él existe para los demás  totalmente, él es totalmente él mismo —imagen  final de la verdadera humanidad—. Hacerse  cristiano significa hacerse hombre, llegar a la  humanidad verdadera, al ser para los demás y al  ser-a-partir-de-Dios. El costado abierto del crucificado, la herida mortal del nuevo Adán, es el  punto de partida del verdadero ser humano del  hombre: mirarán al que traspasaron.

II

Dirijamos una vez más nuestros ojos hacia  el costado abierto de Cristo crucificado,  ya que esta mirada constituye el sentido íntimo de  la Semana Santa, que quiere desviar nuestros ojos  de todas las atracciones del mundo, del espejismo  de sus promesas de escaparate, hacia el verdadero  punto de dirección, el único que puede garantizarnos el camino en medio del laberinto de callejuelas que giran siempre en torno al mismo lugar.

Juan expresó de un modo diferente el pensamiento de que la Iglesia debe su origen más profundo al costado traspasado de Cristo. Él alude  al hecho de que de la herida del costado manó  sangre y agua. Sangre y agua indican para él los  dos sacramentos fundamentales, bautismo y eucaristía, que a su vez constituyen el contenido  auténtico del ser-iglesia de la Iglesia. Bautismo  y eucaristía son los dos modos a través de los  cuales los hombres pueden ser incorporados al  espacio vital de Jesucristo.

El bautismo, en efecto, significa que un  hombre se hace cristiano y se pone bajo el nombre de Jesucristo.

El bautismo, que, como actuación sacramental del llegar a ser cristianos,  nos une al nombre de Cristo, significa exactamente un acontecimiento similar al matrimonio: compenetración de nuestra existencia con  la suya, inclusión de nuestra vida en la suya,  que se convierte así en criterio y espacio de mi  ser humano.

La eucaristía es a su vez comunión de la mesa  con el Señor, que nos quiere transformar en él  para conducirnos el uno hacia el otro, ya que  todos comemos el mismo pan. En efecto, no somos nosotros los que asumimos el cuerpo del  Señor, sino que es él quien nos saca, por así decir, fuera de nosotros mismos y nos incorpora a  él para hacernos Iglesia.

Juan hace remontar los dos sacramentos a la  cruz; los ve manar del costado abierto del Señor  y considera cumplida la palabra del discurso de despedida: yo me voy y vuelvo a vosotros;  precisamente mientras me voy vengo a vosotros; más aún, mi partida —la muerte sobre la  Cruz— es ella misma mi retorno. Mientras vivimos, nuestro cuerpo no es sólo el puente que  nos une recíprocamente, sino también la barrera  que nos separa, nos recluye en la inaccesibilidad  de nuestro yo, dentro de nuestra forma espacio-temporal. El costado abierto se convierte de  nuevo en el símbolo de la nueva apertura que  el Señor viene a construir mediante su muerte:  la barrera del cuerpo ya no lo ata, sangre y agua  corren a través de la historia. Por su resurrección  él es el espacio abierto que nos llama a todos.  Su retorno no es sólo un acontecimiento lejano,  al final de los tiempos, sino que ha comenzado  ya en la hora de su muerte, a partir de la cual él  viene en medio de nosotros de un modo siempre nuevo.

En la muerte del Señor se ha cumplido el destino de la semilla de trigo: si ésta no  cae por tierra permanece sola; pero cae y muere  en la tierra, y así produce fruto al ciento por  uno. Vivimos continuamente de este fruto de  la semilla de trigo muerta: en el pan de trigo de  la eucaristía recibimos la inagotable multiplicación de pan del amor de Jesucristo, suficiente  para saciar el hambre de todos los tiempos. 

quiere asumirnos tambiéna nosotros al servicio de esta multiplicación de  panes. Los dos panes de cebada de nuestra vida  podrán parecer inútiles, pero el Señor necesita  de ellos y los exige. 

Los sacramentos de la Iglesia son, como ella  misma, fruto de la semilla de trigo que muere. Recibirlos significa para nosotros darnos a  ese movimiento del que provienen. Es decir, se  nos exige que penetremos en ese perderse, sin  el cual no nos podemos reencontrar: «Quien  quiera conservar su vida la debe perder; pero  quien la pierda por mi nombre y por el evangelio, la conservará»; esta palabra del Señor es la  fórmula fundamental de la vida cristiana. Creer,  en última instancia, no es otra cosa que decir sí  a esta santa aventura de perderse, y precisamente aquí, a partir de su núcleo profundo, no es  otra cosa que amor auténtico. 

La vida cristiana  recibe su forma determinante de la Cruz de Jesucristo y la apertura del cristiano al mundo, de  la que se oye tanto hablar hoy, no puede hallar  su verdadero modelo en otro que no sea el costado abierto del Señor, expresión de aquel amor  radical, el único que puede redimir.

Lo que en primer lugar es signo de su muerte,  expresión de su fracaso en el abismo de la muerte, es al mismo tiempo un nuevo comienzo: el crucificado resurgirá y no morirá más... De la  profundidad de la muerte se alza la promesa de  la vida eterna. 

Sobre la Cruz de Jesucristo brilla para siempre el esplendor victorioso de la mañana de  Pascua. Vivir con él a partir de la Cruz significa  vivir siempre también bajo la promesa de la alegría pascual.

SÁBADO SANTO

I

Sábado Santo: día de la sepultura de Dios;  ¿no es éste, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un  gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío  helador en el corazón que se hace cada vez más  grande, y por este motivo se disponen, llenos  de vergüenza y de angustia, a volver a casa y se encaminan a escondidas y destruidos en su  desesperación hacia Emaús, no dándose cuenta en absoluto de que aquel que creían muerto  estaba en medio de ellos?

Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado:  ¿nos hemos dado cuenta de que esta frase está  tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana y que nosotros hemos repetido a menudo  en nuestros viae crucis algo parecido sin darnos  cuenta de la gravedad tremenda de cuanto decíamos? Nosotros lo hemos matado, recluyéndolo  en la concha rancia de nuestros pensamientos  habituales, exiliándolo a una forma de piedad  sin contenido de realidad y perdida en el giro  de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a  través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha  extendido un velo de oscuridad también sobre  él: en efecto, ¿qué habría podido hacer más problemático en este mundo a Dios, que la problematicidad de la fe y del amor de sus creyentes?

La oscuridad divina de este día, de este siglo  que se convierte cada vez en mayor medida en  un Sábado Santo, habla a nuestra conciencia.  También nosotros tenemos que ver con ella.  Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador. La muerte de Dios en Jesucristo es al mismo tiempo expresión de su solidaridad radical con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es  al mismo tiempo el signo más claro de una esperanza que no tiene límites. Y una cosa más: sólo  a través del fracaso del Viernes Santo, sólo a través del silencio de muerte del Sábado Santo los  discípulos pudieron ser llevados a la comprensión de lo que era verdaderamente Jesús y de  lo que su mensaje significaba en realidad. Dios  debía morir por ellos para poder vivir realmente en ellos. La imagen que se habían formado  de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo,  debía ser destruida para que ellos, a través de los  escombros de la casa derribada, pudieran ver el  cielo, a él mismo, que permanece siempre el infinitamente más grande. 

Nosotros tenemos necesidad del silencio de Dios para experimentar  de nuevo el abismo de su grandeza y el abismo de nuestra nada que se haría cada vez más  grande si no estuviese él. 

Hay una escena en el Evangelio que anticipa  de un modo extraordinario el silencio del Sábado  Santo y aparece una vez más, por tanto, como  el retrato de nuestro momento histórico. Cristo duerme en una barca que, zarandeada por la  tempestad, parece naufragar.

El profeta Elías se  había reído en una ocasión de los sacerdotes de  Baal, que invocaban inútilmente a grandes voces a su dios para que hiciera descender fuego... ¿Pero no duerme Dios realmente? El escarnio  del profeta, ¿no toca finalmente también a los  creyentes del Dios de Israel que viajan con él  en una barca que parece naufragar?

Dios duerme mientras sus cosas parecen naufragar, ¿no es  ésta la experiencia de nuestra vida? La Iglesia,  la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que  parece naufragar, que lucha inútilmente contra  las olas y el viento, mientras Dios está ausente?  Los discípulos gritan en la desesperación extrema y sacuden al Señor para despertarlo, pero él  se muestra sorprendido y les reprocha su poca  fe. ¿Pero acaso es distinto para nosotros? (...) Despierta,  no dejes que dure eternamente la oscuridad del  Sábado Santo, deja caer un rayo de Pascua también sobre nuestros días, acompáñanos cuando  nos dirigimos desesperados hacia Emaús para  que nuestro corazón se pueda encender con tu  cercanía. (...) no nos dejes en la oscuridad,  no permitas que tu palabra se pierda en el gran  derroche de palabras de estos tiempos. Señor,  danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos.

II

La ocultación de Dios a este mundo  constituye el verdadero misterio del Sábado Santo, misterio al que se alude ya en las  enigmáticas palabras según las cuales Jesús «descendió a los infiernos». Al mismo tiempo, la experiencia de nuestra época nos ha ofrecido una  aproximación completamente nueva al Sábado  Santo, ya que la ocultación de Dios al mundo  que le pertenece y que debería anunciar con mil  lenguas su nombre, la experiencia de la impotencia de Dios que es no obstante el Omnipotente, es la experiencia y la miseria de nuestro  tiempo.

cuando se dice de  manera misteriosa que Jesús «descendió a los  infiernos». Digámoslo con toda claridad: nadie  está en disposición de explicarlo verdaderamente. Ni queda más claro diciendo que aquí infierno es una mala traducción de la palabra hebrea  shêol, que indica sencillamente todo el reino de  los muertos, y, por tanto, la fórmula querría decir en origen sólo que Jesús descendió a la profundidad de la muerte, está realmente muerto y  ha participado en el abismo de nuestro destino  de muerte. Y surge entonces la pregunta: ¿qué  es realmente la muerte y qué sucede efectivamente cuando se desciende a las profundidades  de la muerte?

Ahora, sin  embargo, la muerte es también vida.

Si un niño se tuviese que aventurar solo en  la noche oscura a través de un bosque, tendría  miedo aunque se le demostrara cien veces que  no había ningún peligro. Él no tiene miedo de  algo determinado, a lo que se le pueda dar un  nombre, sino que en la oscuridad experimenta  la inseguridad, la condición de huérfano, el carácter siniestro de la existencia en sí. Sólo una  voz humana podría consolarlo; sólo la mano de  una persona querida podría ahuyentar como  un feo sueño la angustia. Se da una angustia  —verdadera, que anida en las profundidades de  nuestras soledades— que no puede ser superada  mediante la razón, sino sólo con la presencia de  una persona que nos ama.

Sin  embargo, allá donde se da una soledad tal que  no puede llenarse ya por la palabra transformadora del amor, entonces nosotros hablamos  de infierno. Y nosotros sabemos que no pocos  hombres de nuestro tiempo, aparentemente tan  optimista, son de la opinión de que todo encuentro se queda en la superficie, que ningún hombre  tiene acceso a la última y verdadera profundidad  del otro y que, por tanto, en el fondo último de  toda existencia subyace la desesperación, más  aún, el infierno. 

Jean-Paul Sartre expresó esto  en la práctica en una obra de teatro y, al mismo tiempo, expuso el núcleo de su doctrina  del hombre. Una cosa es cierta: se da una noche en cuya oscuridad y abandono no penetra  ninguna palabra que conforte, una puerta que  nosotros debemos atravesar en absoluta soledad: la puerta de la muerte. Toda la angustia de  este mundo es, en último término, la angustia  provocada por esta soledad.

El  término empleado en el Antiguo Testamento  para el reino de los muertos era el mismo con  que se indicaba el infierno: shêol. La muerte, en  efecto, es soledad absoluta. Pero la soledad que  ya no puede ser iluminada por el amor, que es tan profunda que el amor ya no puede acceder a  ella, es el infierno.  «Descendió a los infiernos»: esta confesión  del Sábado Santo significa que Cristo ha atravesado la puerta de la soledad, que ha descendido  al fondo inalcanzable e insuperable de nuestra  condición de ser abandonado. Sin embargo,  esto significa que también en la noche extrema  en la que no penetra ninguna palabra, en la que  todos nosotros somos como niños despreciados, llorosos, se da una voz que nos llama, una  mano que nos toma y nos conduce. La soledad  insuperable del hombre ha sido superada desde  el momento en que Él se ha encontrado en ella.  El infierno ha sido vencido desde el momento en  que el amor ha entrado también en la región de la  muerte y la tierra de nadie de la soledad ha sido  habitada por él. En lo profundo de sí el hombre  no vive de pan, en la autenticidad de su ser vive  por el hecho de que es amado y de que se le permite amar. A partir del momento en que en el  espacio de la muerte se da la presencia del amor,  se da la vida en medio de la muerte: «la vida de  los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma», reza la Iglesia en la liturgia de difuntos. 

acercarnos a la hora de nuestra soledad última,  se nos concederá comprender algo de la gran  claridad de este oscuro misterio. En la certeza  cargada de esperanza de que en aquella hora de  extremo abandono no estaremos solos podemos  presagiar ya ahora algo de lo que sucederá. Y en  medio de nuestra protesta contra la oscuridad  de la muerte de Dios comenzamos a estar agradecidos por la luz que viene a nosotros desde  esta oscuridad.

III

En el breviario romano, la liturgia del  triduo pascual está estructurada con un  cuidado particular; la Iglesia, con su oración, quiere transportarnos, por así decir, a la  realidad de la pasión del Señor y, más allá de las  palabras, al centro espiritual de lo que sucedió.  Si se quisiera intentar destacar en pocos trazos  la liturgia orante del Sábado Santo, sería necesario hablar sobre todo del efecto de paz profunda que emana de ella. 

Ya se ha hecho verdadera la audaz palabra del salmista: aunque me quisiera esconder  en el infierno, también allí estás tú. Y cuanto  más se recorre esta liturgia, más se perciben brillar en ella, como una aurora de la mañana, las  primeras luces de la Pascua.

Si el Viernes Santo nos pone ante los ojos la figura desfigurada del  traspasado, la liturgia del Sábado Santo se refiere más bien a la imagen de la Cruz más apreciada por la Iglesia antigua: a la Cruz rodeada  por rayos luminosos, signo a un tiempo de la  muerte y de la resurrección.

El Sábado Santo nos remite así a un aspecto  de la piedad cristiana que tal vez se ha extraviado  en el transcurso de los tiempos. Cuando nosotros miramos a la Cruz en la oración, a menudo  vemos en ella solamente un signo de la pasión  histórica del Señor en el Gólgota. Sin embargo,  el origen de la devoción a la Cruz es distinto:  los cristianos rezaban en dirección a Oriente  para expresar su esperanza de que Cristo, el sol  verdadero, amanecería sobre la historia, para expresar, por tanto, su fe en el retorno del Señor.  La Cruz está en un primer momento ligada estrechamente a esta orientación de la oración, se  representa, por así decir, como si fuera la enseña  que el rey enarbolará a su llegada; en la imagen  de la Cruz la avanzadilla del cortejo ya está en  medio de aquellos que rezan. Para el cristianismo antiguo, la Cruz es signo sobre todo de la  esperanza. No implica tanto una referencia al  Señor que ha pasado, cuanto al Señor que está  por venir.

Era necesario defender la santa insensatez del amor de Dios que  no eligió pronunciar una palabra de poder, sino  recorrer la vía de la impotencia para humillar  nuestro sueño de poder y vencerlo desde dentro.

Pero ¿no habremos olvidado así un poco demasiado la conexión entre Cruz y esperanza,  la unidad entre el Oriente y la dirección de la  Cruz, entre pasado y futuro existente en el cristianismo? El espíritu de la esperanza que respira  sobre las oraciones del Sábado Santo debería penetrar de nuevo todo nuestro ser cristianos. El  cristianismo no es sólo una religión del pasado,  sino, en una medida no menor, del futuro; su  fe es al mismo tiempo esperanza, ya que Cristo  no es sólo el muerto y resucitado, sino también  aquel que está por venir.

Oh Señor, ilumina nuestras almas con este  misterio de la esperanza para que reconozcamos  la luz que irradia tu Cruz; concédenos que como  cristianos avancemos tendiendo hacia el futuro,  hacia el encuentro con el día de tu venida.

ORACIÓN 

Señor Jesucristo, en la oscuridad de la  muerte Tú has dado luz, en el abismo de la  soledad más profunda habita ya para siempre la protección poderosa de Tu amor; en  medio de Tu ocultación podemos ya cantar  el aleluya de los salvados. Concédenos la  sencillez humilde de la fe, que no se deje  desviar cuando Tú nos llames en las horas  de oscuridad, de abandono, cuando todo  parezca ser problemático: concédenos, en  este tiempo en el que se combate en una  lucha feroz en torno a Ti, luz suficiente  para no perderte; luz suficiente para que  podamos darla a cuantos tienen aún necesidad de ella. Haz brillar el misterio de  Tu alegría pascual, como aurora de la mañana, en nuestros días; concédenos poder  ser verdaderamente hombres pascuales en  medio del Sábado Santo de la historia.  Concédenos que a través de los días luminosos y oscuros de este tiempo podamos  encontrarnos siempre con ánimo alegre  en camino hacia Tu gloria futura.

Amén.

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Traducción: Gabriel Lanzas

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Un libro imprescindible.

martes, 27 de febrero de 2024

Mi vida - recuerdos. 1927 - 1977 (Joseph Ratzinger: Benedicto XVI)


 Del comentario encontrado en el libro sobre el texto:

"Con el rigor propio de un intelectual de su talla, y la sinceridad y sencillez que le caracterizan, el cardenal Ratzinger nos relata los hechos más relevantes que marcaron sus 50 primeros años de vida. Entramos de su mano en la dulzura del hogar, junto a sus padres y hermanos, en un ambiente sencillo y piadoso. El libro recorre las ciudades y paisajes que le vieron crecer en su Baviera natal. Pronto asistimos a las tensiones políticas captadas en la niñez, y a la creciente agresividad y vejaciones del nacionalsocialismo contra los católicos. La generosidad de su respuesta a la llamada al sacerdocio. La intensa preparación intelectual. El horror de la guerra. Su elección de una vida de estudio, y los arduos trabajos para lograr la cátedra universitaria. Ratzinger hace memoria, junto a su historia personal e íntimamente unida a ella, de los sucesos y problemas vividos por la Iglesia. Reflexiona a la distancia sobre ellos, y saca luces que constituyen un regalo para el lector. El libro ayudará, sin duda, no sólo a conocer al personaje, sino a entender mejor a la institución que representa y a informar con más rigor sobre ella. La vida de la Iglesia siempre ha sido rica en personas cuyo amor por Cristo definía la totalidad de su existencia. Es también el caso de Joseph Ratzinger, protagonista de excepción del cambio de milenio, quien pone de manifiesto en esta autobiografia, plena de sentido del humor, inteligencia y pasión, que toda su vida ha estado y está marcada por el lema que escogió para su escudo episcopal: "Cooperatores veritatis". Como no podía ser de otro modo, al hilo de su historia personal, el autor repasa los grandes problemas de la Iglesia en este siglo, dando una visión plena de lucidez e inteligencia. Más allá de otros libros también de corte biográfico ya publicados, generalmente en forma de entrevistas, el cardenal Joseph Ratzinger abre su corazón de par en par en esta obra al lector."

La introducción realizada por el padre italiano Angelo Scola deja muy en claro el pensamiento de Benedicto XVI. Al respecto transcribiré varios pasajes de la introducción que considero a resaltar. 

Introducción

1. UN HIJO GENUINO DEL CATÓLICO PUEBLO BÁVARO

La primera vez que vi al cardenal Ratzinger fue en 1971. Era Cuaresma. El recuerdo de aquel encuentro se ha ido enriqueciendo de matices que mi memoria ha reelaborado, inevitablemente, en ocasión del setenta cumpleaños del cardenal.
Un joven profesor de derecho canónico, dos sacerdotes estudiantes de teología, que por aquel entonces no habían cumplido los 30 años, y un joven editor estaban sentados alrededor de una mesa, invitados por el profesor Ratzinger, en un típico restaurante a orillas del Danubio que, en Ratisbona, discurre ni demasiado lento ni demasiado impetuoso, lo que todavía permite pensar en el hermoso Danubio azul. La invitación la había procurado von Balthasar con la intención de discutir la posibilidad de hacer la edición italiana de una revista -que más tarde sería Communio-. Balthasar sabía arriesgar. Los mismos hombres que se sentaban a la mesa de aquel típico mesón bávaro, unas semanas antes habían perturbado su quietud de Basilea, con un cierto atrevimiento, pues no le conocían. Lo habían hecho inmediatamente después de leer una breve noticia aparecida en Le Monde en la que se informaba del fracaso de una reunión de teólogos, que habían sido expertos en el Concilio, celebrada en París con el objeto de dar vida a una nueva revista. Le dijimos a Balthasar: Tenemos que hacerla, nosotros haremos la edición italiana». Balthasar no descartó de inmediato la hipótesis, no sólo porque le cogimos un poco por sorpresa y por su buena educación, sino porque entre nosotros estaba un pequeño editor -Balthasar era también editor- y tenía un sexto sentido para percibir si una publicación podía o no «tirar bien». Al final, con un tono entre prudente y escéptico, Balthasar dijo: «En todo caso, yo no puedo decidir nada solo. Hay que contar con los alemanes...; los aspectos técnicos dependen de Greiner. Además, está el problema de la teología». (Si bien nosotros teníamos en nuestro equipo algún que otro nombre de buenos teólogos italianos). Me acuerdo bien de su cara en aquel momento. La he visto después en otras ocasiones; cuando tenía que tomar una decisión arriesgada: callaba durante un tiempo que siempre parecía excesivo al interlocutor, con el rostro marcado por una mueca escéptica que no hacía presagiar consensos. Después, con una sonrisa comedida y con su tono de voz un poco jovial formulaba su propuesta en breves palabras. Así, al terminar nuestro coloquio, dijo: Ratzinger, tenéis que hablar con Ratzinger. Es él el hombre decisivo hoy para la teología de Communio. Es la clave de la redacción alemana. De Lubac y yo somos viejos id a ver a Ratzinger...

Estábamos enfrentados dos a dos: dos a favor y dos en contra. Con su trato delicado, los gestos medidos y los ojos que no dejaban de moverse, Ratzinger nos explicaba la carta: una larga secuencia de suculentos platos bávaros... Parecía conocerlo bien, sin lugar a dudas era un habitué del restaurante. Nosotros, superado el primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lanzamos a hacer comparaciones entre menús bávaros y lombardos. Alguno de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para permitirse disertar sobre los tipos y las marcas de cervezas. Recuerdo bien que pregunté a nuestro anfitrión qué nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la lista, animándonos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un rato el camarero esperaba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y aumentando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos, bajo los ojos benévolos y la sonrisa, quizás un poco impaciente, de nuestro anfitrión, por escoger una amplia y exagerada variedad de platos. Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo así como: «para mí, lo de siempre». El camarero nos sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final llevó al conocido teólogo un sándwich y una especie de limonada.
Nuestra sorpresa rayaba en la vergüenza. Con una sonrisa, esta vez verdaderamente amplia y benévola, el cardenal nos liberó diciendo: «Vosotros estáis de viaje... Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder estudiar después?». Comentando el episodio, de vuelta en el coche, nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero: «lo de siempre».
No me he alargado en este pequeño y personal recuerdo para añadir el rasgo hagiográfico de la sobriedad a la biografía del cardenal. ¡Sobre todo porque todavía no es tiempo de panegíricos! Lo he hecho sólo porque, incluso después de haberle conocido más profundamente, aquel episodio me parece que habla de su estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre.
El cardenal es un verdadero católico bávaro: capaz de gozar y de hacer gozar la vida (las páginas sobre Baviera del volumen Mi vida son, en algunos pasajes, verdadera poesía). Su secreto es que la afronta como tarea. Amante de la persona en cuanto participa de la vida del pueblo por el que es natural consumirse totalmente, es capaz de una abnegación cotidiana tenaz, nunca llamativa. La ascesis, la ética y el gobierno no son en él fines, sino medios: fin es el bienestar de la persona y de la comunidad, podríamos decir, como en la Edad Media, la conveniencia del yo y del nosotros con una vida plenamente realizada.
Sus intereses teológicos, por ejemplo la vida eterna (escatología), la revelación en la historia, el nuevo pueblo de Dios, la liturgia, no serían adecuadamente comprendidos sin entender el orgullo apasionado por su pertenencia al pueblo católico bávaro, al que caracteriza una alegre participación en cualquier aspecto humano y un pertinaz sentido de la tarea.

2. UN MÉTODO DE PENSAMIENTO

«'SUFICIENTE' sólo es la realidad de Cristo». Esta afirmación de Ratzinger referida al problema teológico, todavía abierto, de la suficiencia material de la Sagrada Escritura, expresa el convencimiento profundo que atraviesa toda la obra de nuestro autor. En efecto, todo su itinerario eclesial y teológico es una afirmación enérgica de Jesucristo como «la realidad que acontece en la revelación cristiana».

Ya desde los tiempos de su tesis de habilitación sobre san Buenaventura, Ratzinger madura con claridad la idea de que la revelación no se puede separar del Dios vivo, y que interpela siempre a la persona viva a la que alcanza.

La idea misma de revelación implica un alguien que entre en su posesión.

Una peculiar e intrínseca conexión entre Revelación e historia, experimentada desde niño en la fe de la familia y de la iglesia popular de Baviera, constituye, a mi juicio, la característica metodológica que hace de hilo de Ariadna a través de todos los escritos de Joseph Ratzinger y termina por caracterizar, a lo largo de los años, al joven estudioso, al profesor, al pastor y al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Aquí reside, si estoy en lo cierto, el origen de la continuidad y de la evolución de su pensamiento.

a) Cultura: conexión intrínseca entre Revelación e historia

Una concepción del dogma entendido como una realidad capaz de infundir fuerza en la construcción de la teología y no, sobre todo, como vínculo, como negación y límite extremo.

La dimensión cultural propia del hecho cristiano no se concibe, por tanto, como una mediación entre Revelación e historia sino que, respetando las debidas distinciones, es intrínseca al movimiento con el que el acontecimiento de Cristo, al comunicarse en la realidad, interpela al hombre y a la historia.

«He tratado, todo lo que me ha sido posible, de poner claramente en relación lo que enseñaba con el presente y con nuestro esfuerzo personal».

Esta actitud lleva a Ratzinger a «exponerse» para ponderar críticamente el presente de la Iglesia y de la sociedad, pero no quita carácter científico a su trabajo teológico. Al contrario, lo llena de interés para el lector no especialista. También por esto Ratzinger figura entre los católicos más leídos en los círculos culturales laicos.

Sin falsos espiritualismos, abandonando los tópicos de la homilética clásica, Ratzinger afirmó: ¿Puede haber algo más trágico, algo que contradiga más la fe en un Dios bueno y la fe en un redentor de los hombres que el hambre de la humanidad? Por otra, la respuesta final a este tremendo problema no temió exponerse a la impopularidad y Ratzinger la formuló con las palabras del jesuita alemán Alfred Delp, asesinado por los nazis: «El pan es importante, la libertad es aún más importante, pero lo más importante de todo es la adoración». Jesucristo vuelve a aparecer como el unicum sufficiens.

b) La génesis de un método: mirar a Cristo

He pensado muy a menudo -no sé si digo bien-, fijándome en el cardenal, que para él la ascesis, es decir, la mirada y la interacción con la realidad, consiste en un trabajo de ensimismamiento con el misterio de Jesucristo.

Una confirmación de esto que digo me parece que se encuentra en sus obras sobre la oración, sobre la liturgia, sobre el mirar a Cristo y al Crucifijo.

En el libro La sal de la tierra se encuentra esta afirmación: «Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días... Si Dios no estuviese aquí presente, yo ya no podría respirar de manera adecuada».

Me parece que este ensimismamiento, que en sentido lato todo cristiano prueba, lo persigue de forma concreta y sistemática. Su fruto es un distanciamiento de los resultados que nunca pierde la alegría (frente al estereotipo del pesimismo del cardenal) y se introduce cada vez más en el misterio de Cristo que se ofrece, sacramental mente, a través de la trama de las circunstancias y las relaciones cotidianas. Y lo que es más importante, esta actitud no apaga nunca la pregunta que, agustinianamente, es dramática, pero está llena de deseo.

Más aún, todos sus escritos, su misma concepción de la teología, están marcados por la pregunta.

A Ratzinger, por eso, le apasiona el tema, también muy querido para Balthasar, del nexo entre teología y santidad. La teología ha alcanzado sus cimas en la historia cuando ha sabido abrevar en la fuente de la santidad: Antonio-Atanasio-Benito-Gregorio Magno-Francisco-Buenaventura-Domingo-Tomás. De este modo, por ejemplo, la cuestión soteriológica no consiste, principalmente, en reflexionar sobre las condiciones de posibilidad del recorrido histórico a través del cual el Dios Trinitario ha salvado a la humanidad, sino hablar de nuestra salvación. Hablar de gracia no es, sobre todo, profundizar la condición trascendental de posibilidad de un existencial sobrenatural, sino mirar a Cristo. «Desde el momento en que asumió nuestra naturaleza humana, está presente en la carne humana y nosotros estamos presentes en él, el Hijo».

c) El criterio de verificación: la Iglesia como ámbito de experiencia

Si la génesis del método de Ratzinger se encuentra en el ensimismamiento personal con Jesucristo como principio ascético concreto, el sentido de la Iglesia representa, quizás, dentro de este método, el criterio para verificarla validez del pensamiento y de la acción.

A partir del estudio de los grandes padres y doctores de la Iglesia, el cardenal elabora un concepto de experiencia (experiencia del pueblo de Dios) que afina al confrontarlo con filósofos y teólogos contemporáneos (Gadamer, Kolakowski, Mouroux, Balthasar), y que lleva consigo, sobre todo, una atención continua al modo en que se plantean los problemas, las cuestiones, las preguntas, las ansias, las urgencias, las esperanzas y las angustias del hombre en la concreta situación en la que se encuentra. En segundo lugar, afirma que, en la Iglesia, a esta experiencia vivida le corresponde una cierta primacía respecto a las instituciones y preceptos. Esta concepción de la iglesia como ámbito de experiencia la convierte, según Ratzinger, en sujeto que actúa en la historia y en prueba de la bondad de toda práctica y pensamiento cristianos. Me parece que en este contexto se puede situar otra constante del pensamiento del cardenal. Me refiero al peso de la eucaristía en su reflexión eclesiológica. La celebración eucarística nos hace intuir con más precisión la naturaleza del cristianismo, la cual, como el genio católico no deja de recordarlo desde hace dos mil años, se encuentra completamente en la noción de sacramento. Precisamente porque la experiencia eclesial es una experiencia sacramental, el pro semper del acontecimiento de Cristo se encuentra, hoy, con el hombre. La Iglesia encuentra en el septenario sacramental la realización completa de la lógica de la encarnación y, al mismo tiempo, su renacer continuo en el corazón de la persona. En el sacramento se da, en efecto, la contemporaneidad entre la verdad eterna que es Dios y la naturaleza dramática; es decir, finita pero capaz de infinito, que es el hombre. En cada momento de la historia la verdad cristiana es contemporánea de la libertad del hombre a la que se propone. Ésta es la razón por la que la fe no se experimenta nunca como algo extraño al hombre, de cualquier tiempo. Sólo donde se dé una reducción de la esencia del cristianismo es posible el divorcio entre los dos polos.

De este modo nace en Ratzinger la conciencia del carácter definitivo del acontecimiento de Cristo y de su capacidad de juzgar la totalidad. La expresión científicamente madura de esta posición viene representada por el tratado sobre la escatología.

Esta posición determina la concepción que Ratzinger tiene del lugar central que ocupa la catequesis y de su importancia cultural. La catequesis promueve la razón en la fe, aspecto más necesario que nunca en el actual panorama socio-cultural puesto a prueba por el nihilismo. La visión misma de la relación existente entre fe, historia y cultura está presente en las intervenciones del cardenal acerca de distintos aspectos de la ciencia, la política y la economía.

3. ABANDERADO DEL RETO CONCILIAR

Se puede percibir la extrema delicadeza de esta etapa si se piensa en el hecho de que la autoconciencia doctrinal de la iglesia ha profundizado, clarificándola, la noción de Revelación presente en la Dei Filius (Vaticano I) a través de la Dei Verbum. Según De Lubac, el concilio Vaticano II sustituye una idea de verdad abstracta con la idea de una verdad lo más concreta posible: es decir, la idea de la verdad personal, aparecida en la historia, operante en la historia y capaz de sostener; desde el seno mismo de la historia, toda la historia, la idea de esta verdad en persona que es Jesús de Nazaret, plenitud de la "Revelación”. Los textos de Ratzinger, desde la tesis de habilitación de Buenaventura hasta las recientísimas páginas contenidas en Mi vida, no dejan de volver con puntos de vista siempre más estimulantes sobre este inagotable tema.
La profundización de la autoconciencia de la Iglesia sobre la Revelación ha comportado un desplazamiento de lenguaje a muchos niveles: de la liturgia a la catequesis, de la teología a las declaraciones del Magisterio. Siendo extremadamente sintético, se puede decir que el lenguaje eclesial, teniendo que aceptar este reto, se ha transformado de «conceptualista» en simbólico. Reto al que no se ha sustraído el mismo Magisterio, sobre todo el de Juan Pablo II, como se ve en el lenguaje "pastoral" de sus declaraciones magisteriales. Está claro que la calificación de pastoral no implica oposición alguna a la de doctrinal. Es más, si se comprende adecuadamente, aquélla valora todo el rigor de la formulación doctrinal. El mismo Ratzinger nos ilumina acerca de esta evolución del lenguaje cuando dice de sí: «Yo opinaba que la teología escolástica, tal como estaba, había dejado de ser un buen instrumento para un posible diálogo entre la fe y nuestro tiempo. En aquella situación, la fe tenía que abandonar el viejo Panzer y, hablar un lenguaje más adecuado a nuestros días». Es Ratzinger mismo quien se ha confrontado, con estima, con esta teología escolástica.

Redescubrir la tradición a la hora de presentar la noción de Revelación, con todas sus delicadas implicaciones, tanto de contenido como de método, es uno de los factores, si no el factor decisivo, que permite a Ratzinger el original ejercicio de su ministerio en la Iglesia. La persona, la competencia y el método teológico de Ratzinger están favoreciendo el delicado trabajo de la Congregación. De este trabajo resulta más evidente su tarea de promoción de la doctrina de la fe inseparable de la de defensa de la misma.

Lo que sorprende, cuando se tiene la oportunidad de escucharle y de dialogar con él sobre los problemas más diversos, es que te comunica siempre un matiz más, algo nuevo, te abre siempre a algo que tú no habías visto antes. El ministerio de Juan Pablo II y el desarrollo del magisterio pontificio de estos últimos veinte años, como auténtica interpretación del concilio Vaticano II en continuidad con toda la Tradición, ha encontrado un colaborador original y fiel en este genuino hijo del pueblo bávaro.

                                                                                ........

Hasta aquí lo resaltado de la introducción del padre Angelo Scola. Habría que poner lo resaltado por el mismo Benedicto XVI, pero eso ocuparía mas espacio en esta entrada. Quizá poco a poco lo vaya poniendo. 

Dejo una lista de algunos teólogos que Benedicto XVI destaca a lo largo de su biografía: Hans Urs von Balthasar; Henri de Lubac; Söhngen; Pascher; Schmaus; Heinrich Schiller, etc.
Santos estudiados a fondo por Benedicto XVI: San Agustín de Hipona y San Buenaventura. 

Un llamado a leerlos también.

Un libro muy recomedado para los que desean conocer el pensamiento y corazón de nuestro querido papa Benedicto XVI.

domingo, 21 de enero de 2024

Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald (Benedicto XVI, 2010)


 La editorial Herder publicó este importante libro que reúne una entrevista larga de varios días entre Benedicto XVI y Peter Seewald (su biógrafo). Han pasado cinco años del pontificado Benedicto XVI desde que asumiera la posta de San Juan Pablo II el año 2005.

El libro se estructura en tres partes y un anexo. 

La primera parte, titulada "signos de los tiempos" se subdivide en seis temas que son los siguientes: 1. Los papas no caen del cielo; 2. El escándalo de los abusos; 3. Causas y oportunidades de la crisis"; 4. La catástrofe global; 5. Dictadura del relativismo y 6; Tiempo de conversión.

Cito aquí algunos pasajes de esta primera parte:

"Es significativo que todos los papas de la temprana Iglesia fueran mártires. Ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación con Él.
Sin embargo, también ha habido papas que se dijeron: el Señor nos ha dado el ministerio, ahora, disfrutémoslo. Sí, eso también forma parte del misterio de la historia de los papas".


"A partir de 1968, la fe cristiana entró cada vez más en contraposición con respecto a un nuevo proyecto de sociedad, de modo que tuvo que hacer frente una y otra vez a opiniones que luchaban poderosamente por imponerse. Por tanto, soportar hostilidad y ofrecer resistencia - aunque una resistencia que sirva para sacar a luz lo positivo- son cosas que pertenecen a la vida cristiana."

 Sobre el tema del escándalo de los abusos, cito:

"Lo importante es, en primer lugar, cuidar de las víctimas y hacer todo lo posible por ayudarles y por estar a su lado con ánimo de contribuir a su sanación; en segundo lugar, evitar lo más que se pueda estos hechos por medio de una correcta selección de los candidatos al sacerdocio; y, en tercer lugar, que los autores de los hechos sean castigados y que se les excluya toda posibilidad de reincidir. En qué medida tienen que hacerse públicos los hechos es, según creo, de por sí una pregunta que tendrá también diferentes respuestas en las diferentes fases de consciencia de la opinión pública. Pero lo que nunca debe suceder es escabullirse y pretender no haber visto, dejando así que los autores de los crímenes sigan cometiendo sus acciones. Por tanto, es necesaria la vigilancia de la Iglesia, el castigo para quien ha faltado, y sobre todo la exclusión de todo ulterior acceso a niños. Como he dicho, lo que está primero es el amor a las víctimas, el esfuerzo por hacerles todo el bien posible a fin de ayudarlos a procesar lo que han vivido".

La segunda parte, llamada "El pontificado" se compone de las siguientes partes a tratar: 1. "Habemus papam"; 2. "En las sandalias del pescador"; 3. "Ecumenismo y diálogo con el islam"; 4. "Anuncio"; 5. "Viajes pastorales"; 6. "El caso Williamson".

La tercera parte, denominada "¿Hacia dónde vamos?" comprende los siguientes temas: 1. "Iglesia, fe y sociedad"; 2. "El denominado atasco de las reformas"; 3. "¿Cómo se de la renovación?"; 4. "María y el mensaje de Fátima"; 5. "Jesucristo regresa"; 6. "De los novísimos". 

Luz del mundo, es un libro que permite conocer de primera mano el pensamiento del papa Benedicto XVI sobre diversos temas muy importantes de la Iglesia.

Al final del libro se encuentra la sección de anexos que recoje algunas de las declaraciones del papa Benedicto XVI a lo largo de sus primeros cinco años de pontificado sobre temas como: "Grave pecado contra niños indefensos", "Fe y violencia", "Sida y humanización de la sexualidad", y finalmente se incluye una bibliografía y breve crónica del pontificado.

Muy recomendable. 

viernes, 19 de enero de 2024

Deus Caritas Est. Sobre el amor cristiano. Carta Encíclica (Benedicto XVI, 2005)

 


Deus Caritas Est, sobre el amor cristiano, es la primera encíclica que escribió Joseph Ratzinger en su pontificado publicada en 2005.

La Iglesia es Madre y es Maestra. A través de este documento pontificio, el sucesor del apóstol San Pedro, el papa Benedicto XVI, nos enseña sobre el amor cristiano. El papa enseña con caridad y claridad. 

A continuación os presento cómo se estructura la encíclica: 




PRIMERA PARTE:

La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación.

Un problema de lenguaje.

"Eros" y "agapé", diferencia y unidad.

La novedad de la fe bíblica.

Jesucristo, el amor de Dios encarnado.

Amor a Dios y amor al prójimo.

SEGUNDA PARTE:

Caritas el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como "comunidad de amor".

La caridad de la Iglesia como manifestación del amor trinitario.

La caridad como tarea de la Iglesia.

Justicia y caridad.

Las múltiples estructuras de servicio cartitativo en el contexto social actual.

El perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia.

Los responsables de la acción caritativa de la Iglesa.

Conclusión

Como fieles católicos debemos aprovechar toda ocasión para formarnos en la fe, en profundizar en el conocimiento de la sana Doctrina y en el amor a Dios, en ese sentido recomiendo mucho leer esta encíclica, escrito por el mismo papa Benedicto XVI, un hombre que demostró un conocimiento profundo de la teología y sobre todo de un profundo amor a Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, hombre verdadero y Dios verdadero.


Citaré el numeral 42 que forma parte de su conclusión:

42. La vida de los Santos no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los Santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos. En nadie lo vemos mejor que en María. La palabra del Crucificado al discípulo -a Juan y, por medio de él, a todos los discípulos de Jesús: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 27)- se hace de nuevo verdadera en cada generación. María se ha convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes. A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia. Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón. Los testimonios de gratitud, que le manifiestan en todos los continentes y en todas las culturas, son el reconocimiento de aquel amor puro que no se busca a sí mismo, sino que sencillamente quiere el bien. La devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición infalible de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión más íntima con Dios, en virtud de la cual se está embargado totalmente de Él, una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor de Dios convertirse a sí mismo en un manantial "del que manarán torrentes de agua viva" (Jn 7, 38). María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origenm su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor:

Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz, 
Jesús, tu hijo, el Hijo de Dios. 
Te has entregado por completo 
a la llamada de Dios 
y te has convertido así en fuente 
de la bondad que mana de Él. 
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. 
Enséñanos a conocerlo y amarlo, 
para que también nosotros 
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
 y ser fuentes de agua viva 
en medio de un mundo sediento


Benedicto XVI de niño

 

miércoles, 13 de diciembre de 2023

La bendición de la navidad. Meditaciones. (Joseph Ratzinger - Benedicto XVI)



Benedicto XVI nos regala unas hermosas y profundas meditaciones sobre El Adviento y la Navidad. De acuerdo con el prólogo <<Este volumen reúne dos libros anteriores de Joseph Ratzinger que se complementan adecuadamente: Licht, das uns leuchtet (1978) y Lob der Weihnacht (1982, en común con Heinrich Schlier). Ambos contienen meditaciones escritas por el autor sobre todo en la época de su arzobispado en Múnich. Los textos fueron redactados para un público lector y oyente de amplitud más bien general y con carácter de sermones, artículos para periódicos o contribuciones radiales.

Ambos libros, que han gozado de gran aceptación pero ya se encuentran agotados, se publican ahora de nuevo reunidos en un único volumen. Estas meditaciones muestran una vez más a Joseph Ratzinger, ahora papa Benedicto XVI, como un hombre de espiritualidad que sabe llegar con su mensaje tanto al entendimiento como al corazón.>>

Del prólogo al libro "Licht, das uns leuchtet" el autor dice: <<La única intención de estos escritos es suscitar aquella mirada interior a la que se desvela la verdad contenida en el versículo bíblico que dice: «Apareció la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tit 3,4).>>.

Asimismo, en el prólogo del libro "Lob der Weihnacht" el autor dice <<Si la Pascua representa desde la perspectiva teológica el centro del año litúrgico, Navidad es la fiesta más humana de la fe, puesto que nos hace sentir de la manera más profunda la humanidad de Dios. En ningún otro lugar se puede percibir como en el pesebre lo que significa que Dios ha querido ser Emanuel, «Dios con nosotros», un Dios con el que nos tratamos de tú porque nos sale al encuentro como niño. Así, la Navidad es también de manera especial una fiesta que invita a la meditación, a la contemplación interior de la palabra (véase Lc 1,29; 2,19; 2,51).>>

Acompañan al libro hermosas ilustraciones.

Libro muy recomendable para releer las meditaciones sobre todo en estos tiempos de Adviento y Navidad.

domingo, 18 de junio de 2023

Jesús de Nazaret. Desde el bautismo en el Jordán a la transfiguración. (Papa Benedicto XVI, 2007)



El libro se compone de diez partes: 1. El bautismo de Jesús; 2. Las tentaciones de Jesús; 3. El evangelio del Reino de Dios; 4. El sermón de la montaña; 5. La oración del Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes imágenes del evangelio de Juan; 9.Dos hitos importantes en el camino de Jesús: La confesión de Pedro y la Transfiguración y 10. Nombres con los que Jesús se designó así mismo.

Este libro es maravilloso para seguir creciendo en la fe católica. El papa Benedicto XVI, Doctor en teología, desarrolla con un lenguaje claro y sencillo varias interrogantes o temas fundamentales sobre Jesús. El autor toma como referencia a las Sagradas Escrituras para caracterizar al Jesús histórico. Relaciona el Antiguo y Nuevo Testamento teniendo como elemento central a Jesús como el Hijo de Dios, el nuevo Moisés, la encarnación del Logos.

Cada una de las partes está desarrollada con mucha profundidad citando pasajes bíblicos así como también a autores teólogos tanto para apoyarse en ellos o para disentir en su postura y tomar un enfoque distinto. 

El dominio de los temas es impresionante para un ignorante como yo y por lo mismo me he quedado asombrado y con mucho ánimo para releer este gran libro y otras lecturas relacionadas.

Les invito a leer este libro imprescindible sobre la interpretación del papa Benedicto XVI de la vida y obra de Jesús de Nazaret, nuestro Señor, el Hijo del Dios Vivo.